Envejecer en una profesión joven
Tengo más de cincuenta años y sigo escribiendo código. En la mayoría de profesiones eso no sería noticia. Un abogado de cincuenta está en la plenitud de su carrera. Un médico, un arquitecto, un periodista — nadie les pregunta si siguen siendo relevantes. Pero en desarrollo web, cumplir años se vive de otra forma. Como si tuvieras que justificarte por seguir ahí.
He visto nacer internet. No en el sentido estricto — la fecha oficial se remonta a los años sesenta —, sino en el sentido práctico: navegué con Lynx en Linux antes de que tuviéramos acceso a navegadores gráficos. Vi aparecer Netscape. Sufrí la tiranía de Internet Explorer 6. Vi morir a Flash y nacer a CSS Grid. Eso da para un artículo entero, pero lo menciono porque define desde dónde escribo: no soy un veterano de diez años. Soy alguien que lleva aquí desde que esto empezó.
La industria del junior #
Abre cualquier portal de empleo y mira las ofertas de desarrollo web. La mayoría piden entre dos y cinco años de experiencia. Algunas estiran a ocho. Rara vez verás una oferta que valore quince o veinte años. Como si después de una década, la experiencia dejase de sumar.
Las empresas quieren juniors con hambre, seniors con tres años de React y leads que no pasen de los treinta y cinco. El modelo está diseñado para gente que acaba de llegar, no para gente que lleva décadas. Y eso genera una presión invisible: la sensación de que si no estás en tu mejor momento a los treinta, has llegado tarde.
Es mentira, obviamente. Pero las mentiras repetidas lo suficiente acaban configurando un paisaje.
Lo que sabes a los cincuenta que no sabías a los veinticinco #
A los veintitantos quería aprenderlo todo. Cada framework nuevo, cada herramienta, cada lenguaje que aparecía. Tenía la energía y la ilusión de creer que más herramientas significaban más capacidad. Recuerdo noches enteras probando tecnologías que no necesitaba, solo para no quedarme atrás.
A los cincuenta sé algo que entonces no sabía: la mayoría de esas herramientas no importaban. Lo que importa es saber resolver problemas. Y para resolver problemas no necesitas el framework del mes — necesitas haber visto suficientes problemas como para reconocer patrones.
He visto proyectos fracasar por exceso de tecnología. He visto startups reescribir su producto tres veces en tres años porque cada vez elegían el stack de moda. Y he visto webs hechas con HTML y CSS servir durante una década sin que nadie las tocara. Eso no lo aprendes en un bootcamp de doce semanas. Lo aprendes viviendo ciclos completos: nacimiento, crecimiento, mantenimiento y muerte de un proyecto.
El síndrome del impostor al revés #
Se habla mucho del síndrome del impostor en juniors. Pero hay una variante que nadie menciona: la del senior que se pregunta si sigue siendo válido.
No es que dudes de tu capacidad técnica. Es algo más sutil. Es abrir Twitter (sí, sigo llamando Twitter a X) y ver que la conversación gira alrededor de herramientas que no usas. Es leer ofertas que piden experiencia en tecnologías que tienen dos años de vida. Es asistir a una conferencia y darte cuenta de que el ponente tiene la mitad de tu edad y el doble de seguidores.
Racionalmente sabes que nada de eso define tu valor como profesional. Pero la industria tech tiene un sesgo hacia la novedad que se extiende a las personas: lo nuevo es mejor, lo joven es más innovador, lo veterano es resistencia al cambio.
He aprendido a separar el ruido de la señal. Que alguien tenga muchos seguidores no significa que sepa más que tú. Que una tecnología sea nueva no significa que sea mejor. Y que tú lleves veinte años en esto no significa que estés obsoleto — significa que has sobrevivido a diez ciclos de hype y sigues aquí.
Lo que la experiencia da y la juventud no puede #
No hablo de superioridad. Hablo de cosas que solo da el tiempo:
Criterio para elegir batallas. A los veintitantos discutes sobre tabuladores contra espacios. A los cincuenta sabes que esa discusión no importa y que tu energía es finita. Aprendes a invertirla donde realmente cambia el resultado.
Velocidad de diagnóstico. He resuelto bugs en minutos que a un junior le habrían costado días, no porque sea más listo, sino porque he visto ese mismo error — o uno muy parecido — quince veces antes. La experiencia es una base de datos de patrones que se consulta automáticamente.
Relación con el cliente. Después de cientos de proyectos sabes leer lo que el cliente necesita, que casi nunca es lo que el cliente pide. Sabes cuándo decir que sí, cuándo decir que no y cuándo decir "lo que necesitas es otra cosa". Eso no se enseña en ningún curso.
Tolerancia a la incertidumbre. Los primeros años, cada proyecto nuevo da vértigo. Con el tiempo aprendes que todos los proyectos se parecen más de lo que parece, que los problemas tienen solución y que la sensación de "no sé por dónde empezar" siempre pasa.
Lo que la experiencia no da #
Sería deshonesto no hablar de lo que se pierde.
La energía bruta. De joven podía programar doce horas seguidas y al día siguiente repetir. Ahora necesito pausas, necesito descanso, y mi concentración tiene límites más estrictos. Pero también soy más eficiente: en seis horas hago lo que antes me costaba diez, porque no doy tantos rodeos.
La curiosidad sin filtro. De joven todo me parecía fascinante. Ahora tengo un escepticismo adquirido que a veces me impide explorar cosas que quizá merecerían la pena. Intento compensarlo conscientemente, pero el filtro está ahí.
La comunidad natural. Cuando la mayoría de desarrolladores con los que interactúas tienen veinte o veinticinco años menos que tú, hay una distancia generacional que es real. No insalvable, pero real. Las referencias culturales son distintas, la forma de comunicarse es distinta, las prioridades son distintas.
Envejecer en un oficio que no envejece #
La web tiene poco más de treinta años. Es una profesión joven en el sentido literal: no hay una generación anterior a la nuestra que nos sirva de referencia. Los que empezamos a finales de los noventa somos, en muchos aspectos, los primeros en llegar a esta edad haciendo este trabajo. No hay un camino trazado.
Y quizá eso sea lo más honesto que puedo decir: no sé cómo se envejece en esta profesión porque nadie lo ha hecho antes de la forma en que lo estamos haciendo nosotros. No hay modelo. No hay manual. Solo hay un oficio que me sigue gustando después de más de veinticinco años y la decisión diaria de seguir ejerciéndolo.
No necesito ser el más rápido, ni el que más tecnologías domina, ni el que más seguidores tiene. Necesito seguir haciendo bien lo que sé hacer: escribir código limpio, construir webs que funcionen y resolver problemas con la tranquilidad de quien ya ha visto casi todo.
Si eso es envejecer, no me parece un mal trato.